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¿La educación afectivo-sexual? ¡Desde la cuna!

Cuando la abordamos y la vivimos con naturalidad les preparamos para saber amar y sentirse amados.

Por Lourdes Illán – Leer el original

La educación afectivo-sexual o educación para saber amar, como también me gusta llamarla, no debería constituir algo especial que se inicia en un momento determinado de la vida de nuestros hijos.

Nos educamos desde la cuna. Muchos expertos en psicología prenatal afirman que, incluso antes del nacimiento, estamos recibiendo estimulación emocional, afectiva e intelectual que formará parte de nuestra historia.

La educación sexual es un aspecto más que forma parte de la educación en su totalidad y, como en todos los demás, los padres también somos los primeros educadores.

Como se afirma en el Directorio de la Pastoral Familiar, “los padres son los primeros responsables para llevar a cabo esta educación. Es una tarea de tal importancia que los padres no pueden hacer dejación de la misma para que sean otros los que la realicen. Es más, les corresponde velar por la calidad de toda educación sexual que reciban sus hijos en otras instancias” [1]

En la primera infancia son los padres, fundamentalmente, los que se deben hacer cargo de esta formación, dando modelos a imitar. Nuestros hijos tienen que aprender a amar en el seno de la familia. Deben ver en nosotros todas aquellas características del amor: el cariño, la ternura, el respeto, el saber perder por amor al otro, el perdón,… siendo capaces de empezar de nuevo, cuando la relación se rompe y es necesario pedir perdón.

También el compartir, tanto a nivel material como aquello que nos “ocurre” en la vida: nuestras experiencias, sentimientos, alegrías y tristezas, desilusiones y fracasos y además nuestra forma de hacerles frente.

Otra forma de educar es aquella “más verbal”, en la que nosotros contestamos a todas las preguntas que nos hacen durante esta primera etapa relacionadas  con  este  tema. En  las  respuestas  que  demos, si lo hacemos nosotros, tendremos la posibilidad de ponerle “nuestro propio sello”. Es algo maravilloso poder  crear ese  clima  de  confianza  y  confidencia  para hablar, con ellos, de su origen que no fue otro que el Amor.

Si esta relación de confianza que se ha logrado en la primera infancia, continúa también en la pubertad, la educación seguirá dándose en el seno de la familia. Pero cuando los chicos/as entran de lleno en la adolescencia, donde la autoafirmación, autonomía e independencia son fundamentales, parece que la relación y el diálogo con los padres se hace más difícil.

Por ello, puede ser conveniente que esta influencia se complete con la educación en los centros escolares o asociaciones juveniles, donde la formación e información será mejor recibida  por ellos. Naturalmente, en esta situación concreta, hay que “estar alerta” y velar por la calidad” de la formación que se les da a nuestros hijos para que esté en la misma línea que la que han recibido de nosotros.

Los padres tenemos que ser conscientes de que la educación afectivo-sexual siempre se da, incluso cuando no nos hacemos responsables de ella. Con esta actitud de indiferencia lo único que les transmitimos es el siguiente mensaje: “no es importante para tu vida, me avergüenzo de la mía, para mí es “algo feo y sucio” de lo que me cuesta hablar”… y lo harán  con otros, no debemos dejar esta tarea en manos del azar.

En cambio cuando abordamos esta educación y la vivimos con naturalidad, sin banalizar en ningún momento, dándole toda la profundidad que tiene, estamos formando personas íntegras preparadas para saber amar y sentirse amados.

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